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sábado, 31 de agosto de 2019

Corrupción en Pro Región



El gobernador Mesías Guevara anunció que el director de la Unidad Ejecutora de Programas Regionales – ProRegión, Fernando Hernández Tejada y el jefe de la Unidad de Estudios, Fernando Barberena González fueron separados de sus funciones.
Estas medidas las adoptó el titular regional luego de la detención del jefe de la Unidad de Estudios de ProRegión, Fernando Barberena González, por presuntos actos de corrupción.
El acusado fue intervenido en flagrancia por la fiscalía provincial especializada en delitos de corrupción de funcionarios, luego de ser denunciado por una empresaria, ante la solicitud de una suma de dinero a los ingenieros del consorcio Uchuquinua con la finalidad de aprobar las valorizaciones, ampliaciones de obra y adicionales de la ampliación y mejoramiento del sistema de electrificación rural de las localidades de El Empalme, Uchuquinua y Valle Andino.
“No vamos a dar tregua a la corrupción ni blindar a nadie. He tomado la decisión de separar de sus cargos a ambos funcionarios. Este hecho debe servir de lección para que los funcionarios no incurran en este tipo de actos. Lucha frontal a la corrupción y cero espacio a este tipo de funcionarios”, enfatizó Guevara.




sábado, 28 de octubre de 2017

Gobierno tolerante con la corrupción

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Escribe: Fernando Rospigliosi.
"El Gobierno estaba en condiciones de exigir los pasos necesarios para crear un sistema anticorrupción pero PPK no hizo absolutamente nada. O, mejor dicho, nada positivo".
Según la encuesta sobre percepciones de corrupción de Proética realizada por Ipsos, el 75% considera que la labor del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) en la lucha contra la corrupción es ineficaz. En este caso parece que la mayoría tiene toda la razón.
También acierta la mayoría cuando señala que el presidente de la República debería ser el responsable de liderar la lucha contra la corrupción en el país. El problema es que no lo hace y no hay indicios de que lo vaya a hacer en el futuro. El nombramiento como ministro de Justicia de un ex presidente del Poder Judicial, de un hombre del sistema que no funciona, es una muestra de eso.
Precisamente, apenas iniciado el actual período presidencial, estalló en toda su dimensión el caso más grande de corrupción de los últimos tiempos, Lava Jato. Muchas evidencias de sobornos pagados por Odebrecht y otras empresas a políticos y funcionarios públicos empezaron a llegar desde el exterior.
Era una oportunidad extraordinaria para emprender una campaña de lucha contra la corrupción. Y tenía que hacerlo el Gobierno. Nadie podía esperar que la lidere el Congreso o el Poder Judicial.
Obteniendo un respaldo masivo de la opinión pública, el Gobierno estaba en condiciones de exigir y lograr que esas instituciones dieran los pasos necesarios para crear un sistema anticorrupción como el que se estableció en el año 2000 y que permitió investigar, juzgar y sancionar por primera vez en la historia a personajes importantes y poderosos.
Pero el gobierno de PPK no hizo absolutamente nada. O, mejor dicho, nada positivo, porque sí realizó acciones con resultados negativos. Quizá la peor, el nombramiento y despido en medio de un escándalo de las procuradoras Julia Príncipe y Katherine Ampuero.
A raíz de su cese, Príncipe acusó directamente a PPK, señalando que su destitución era “una clara injerencia del Ejecutivo” a consecuencia de la denuncia hecha en contra del presidente PPK, por parte de Katherine Ampuero, para investigar al mandatario por unas transferencias bancarias. Luego añadió que PPK “traicionó sus promesas” y que, además, “ha arrasado la institucionalidad de la lucha anticorrupción” (El Comercio, 8.8.18).
Ciertas o falsas estas acusaciones, el hecho es que fue el Gobierno el que nombró a esas procuradoras. ¿Se equivocó al designarlas? ¿Erró al despedirlas? En cualquier caso, se perdió un año decisivo y se liquidó la posibilidad de impulsar desde esa instancia la lucha anticorrupción.
Precisamente la procuraduría fue el instrumento que utilizó el gobierno de Valentín Paniagua el año 2000 para constituir el sistema anticorrupción, a pesar de contar con un Congreso que estuvo controlado por una mayoría organizada desde el Servicio de Inteligencia Nacional por Vladimiro Montesinos y que el Poder Judicial y la fiscalía estaban profundamente corrompidas –más de lo habitual– por la manipulación de Montesinos.
Nada de eso ha hecho el gobierno de PPK. Más bien recurrió a argucias politiqueras –ahí sí no les apesta la política– para apaciguar a la opinión pública cuando estallaron casos de corrupción muy cerca de la cúspide del poder y para encubrir su inacción: nombró una Comisión Presidencial de Integridad presidida por el ex defensor del Pueblo Eduardo Vega, que produjo un informe con recomendaciones para luchar contra la corrupción que, por supuesto, el Gobierno archivó y olvidó rápidamente.
Esta semana también se ha publicado el ránking de competitividad del Foro Económico Mundial (WEF) con resultados poco halagüeños para el gobierno tecnocrático de lujo: el Perú ha caído al puesto 72 (de 137) y en institucionalidad está en el puesto 116. Precisamente, este último rubro incluye corrupción, confianza en los políticos, etc.
Como ha anotado Jorge Medina, presidente de Proética, comentando los resultados de su encuesta: “Así las cosas, la corrupción seguirá impidiendo nuestro progreso, no solo económico, sino social y humano, alimentando la desconfianza hacia el Estado y agudizando la existente entre nosotros”. Para cambiar, dice, se requiere en primer lugar el liderazgo del presidente (El Comercio, 28.9.17).

El problema es que tenemos un presidente y un gobierno tolerantes con la corrupción. O, como ha dicho el ex procurador y presidente de Transparencia Internacional, José Ugaz: “Me parece que el tema anticorrupción no está en su ADN [de PPK], no le da la importancia que debiera o no entiende las graves consecuencias que la corrupción genera” (El Comercio digital, 29.9.17).

miércoles, 25 de mayo de 2016

Fuerza Popular huele a corrupción









Por: Luis Eloy Plasencia Torres.

Devastador fue el terremoto político que sacudió desde sus goznes al partido Fuerza Popular que lidera Keiko Fujimori. El epicentro del sismo fue un reportaje difundido por el programa televisivo Cuarto Poder de Canal 4, en base a una investigación realizada en cooperación de la cadena norteamericana Univisión.
El informe periodístico, propalado el domingo 15 del mes en curso, reveló que la agencia de lucha antidrogas estadounidense (DEA) investiga a Joaquín Ramírez, secretario general de Fuerza Popular, por presunto lavado de 15 millones de dólares, dinero que le habría sido entregado por la candidata presidencial Keiko Fujimori para ser utilizado en su campaña política del año 2011.
Al día siguiente, la DEA informó que Keiko Fujimori no era objeto de su investigación, lo cual dio pie para que la candidata presidencial aproveche las circunstancias y diga que su contendor, Pedro Pablo Kuczynski, estaría detrás de la denuncia.
“Eso es un cuento que no merece respuesta, yo no impulso ninguna guerra sucia ni he ido a Nueva York a ver estupideces de las cuales me hablan”, expresó PPK muy sorprendido.
Y, el día martes 17, Joaquín Ramírez, en conferencia de prensa salió a desmentir las acusaciones en su contra y afirmó que la DEA había emitido un comunicado donde negaba que él fuera investigado por el presunto delito de lavado de activos, información que nadie cree.
Pero lo que oculta Joaquín Ramírez, es que la ex procuradora de lavado de activos, Julia Príncipe Trujillo, lo denunció ante el Ministerio Público, el 9 de setiembre de 2014, y el fiscal Marco Antonio Cárdenas resolvió iniciar investigación, el 3 de diciembre del mismo año, sin embargo hasta la fecha no se le ha levantado el fuero parlamentario al congresista fujimorista como corresponde.
La fiscalía le atribuye a Ramírez un supuesto desbalance patrimonial que alcanza la cifra de US$ 7 millones de dólares.
El caso de la fiscalía contra el secretario general de Fuerza Popular no incluye las propiedades que la revista Hildebrandt en sus Trece descubrió en Miami: “a) El 11 de noviembre 2012 compró por 2 millones 075 mil dólares un departamento en 9703 Collins Avenue; b) El 12 de diciembre de 2014 adquirió otro departamento por 527 mil dólares en Brickell Bay DR”.
Las fuentes de la fiscalía consideran que Joaquín Ramírez debe aclarar el origen lícito de los fondos con los que adquirió dichos inmuebles.
En consecuencia se le tiene que levantar la inmunidad parlamentaria, a este oscuro personaje de la política peruana que de cobrador de combi se ha convertido en millonario. Debe ser juzgado, pues al pasar por alto este  tipo de denuncias se está poniendo en juego el futuro de la República que otra vez, como sucedió en la dictadura fujimontesinista, puede ser convertida en narcoestado.
No cabe duda que las investigaciones por lavado de activos, en torno al secretario general de Fuerza Popular, han empañado la campaña política de Keiko Fujimori, pero ella continúa blindando al denunciado, Joaquín Ramírez, quien obligado por el escándalo mediático, ha pedido licencia a su partido hasta que duren las investigaciones, mas no ha renunciado a su inmunidad parlamentaria.
En Fuerza Popular supervive gran parte del fujimontesinismo, arropado de naranja, y huele a corrupción. Cual caballo de Troya, esa organización política, está a punto de reinstalar en Palacio de Gobierno a la dictadura más corrupta y sanguinaria de la historia del Perú, la cual tuvo como primera dama a Keiko Fujimori.
Por tal razón, el 05 de Junio los peruanos debemos afinar el olfato para votar, el fujimontesinismo nunca más.