domingo, 13 de diciembre de 2015

Viaje Nostálgico



Llegué a mi destino lleno de nostalgia y me enteré de que la represa, inaugurada el 21 de febrero de 1988, se había engullido más de 2 mil hectáreas de tierras agrícolas. Fecundas chacras y agradables huertos de la parte baja de Tembladera, Las Huacas, Chungal, Montegrande e importantes restos arqueológicos yacían en el vientre descomunal de ese pequeño mar llamado Gallito Ciego.


-CRÓNICA-
Por: Luis Eloy Plasencia Torres

En mayo de1993 viajé-después de mucho tiempo- a mi pueblo, al paraíso terrenal, al lugar que más amo en el mundo. Momentos antes de partir de Lima tuve imágenes vivas de mi madrecita, de mis hijos, de mis hermanos, de mi finado padre, de mis amigos, de mis profesores…
Toda la familia y paisanos se me antojaron sonrientes, amables y cariñosos.
El sol abrasador, el río bondadoso, el valle rebosante de vida, cubierto de verdes arrozales. El olor a huertas preñadas de sabrosos mangos, ciruelas, mameyes y paltas. El incomparable sabor del cebiche de camarones. El canto tierno de las aves.
El redoble de las campanas domingueras, perdiéndose su llamado angustioso en el cielo azul y diáfano de mi tierra. Lindos atardeceres, mi primer amor… tantos recuerdos – como un torbellino – se agolparon en mi ser.
Al ingresar al territorio de mi distrito iba notando algunos cambios, pero lo que más me impresionó fue la represa de Gallito Ciego, fenómeno artificial que ha trastocado la geografía y el clima de Tembladera.
Luego de unos minutos de haber pasado por el caserío de Pay Pay divisé a dicha represa formada por el embalse de las aguas del río Jequetepeque.
Enorme, ondeante, jugueteando coquetamente con los cerros robustos que la aprietan. No era un espejismo, el panorama inédito a mi vista de inmediato me cautivó: “contamos con una gran atracción turística. Este lago artificial puede servir para el deporte acuático y para la piscicultura”, meditaba y, a medida que avanzaba la combi como una tromba por la carretera asfaltada y serpenteante, afanosamente busqué con la mirada los caseríos de Montegrande y Chungal, sin embargo no los hallé.
Llegué a mi destino lleno de nostalgia y me enteré de que la represa, inaugurada el 21 de febrero de 1988, se había engullido más de 2 mil hectáreas de tierras agrícolas. Fecundas chacras y agradables huertos de la parte baja de Tembladera, Las Huacas, Chungal, Montegrande e importantes restos arqueológicos yacían en el vientre descomunal de ese pequeño mar llamado Gallito Ciego con más de 15 kilómetros de longitud y 400 millones de metros cúbicos de agua.
Con la construcción de la represa, los pobladores de los caseríos desaparecidos fueron trasladados a los arenales del Cruce de Cajamarca –muy cerca de Pacasmayo, en el departamento de La Libertad – donde recibieron viviendas de material noble y, sólo a los que fueron propietarios de chacras en sus pueblos malogrados, les adjudicaron tierras de cultivo en áreas irrigadas por la represa.
Pero la mayoría de los campesinos – propietarios solamente de su fuerza de trabajo – sufren hoy la escasez de trabajo.
Al no hallar a mis paisanos de Chungal y Montegrande, me remonté a los mejores momentos de mi vida y vi a mis hermanos desterrados en sus casas de adobes, altas, frescas, con árboles y trinos de parajillos.
Recordé sus calles, caminos, sus chacras cuadriculadas, sembradas de verdes arrozales y tiernos maizales, flanqueadas por el prodigioso río y por dulces huertas. Sus escuelas rebosantes de niños bullangueros, sus mercadillos, sus pequeños estadios al aire libre desprovistos de gras y tribunas, pero repletos de una multitud amante del fútbol macho y habilidoso.
Y lo que más añoré fueron sus costumbres, el alma festiva y religiosa de esos pueblos desarraigados, reflejada en las celebraciones de Navidad y del 6 de Enero.
La Navidad de aquellos maravillosos tiempos que deleitó a generaciones privilegiadas, era festejada con mayor unción y alegría en Montegrande, caserío que atraía gente de Trinidad, Santa Catalina, Quindén, Chilete, Tembladera, Chungal y de otros pueblos de la región incluso a paisanos que radicaban en Cajamarca, Trujillo, Chiclayo, Lima y en ciudades importantes del país.
La festividad arrancaba desde tempranas horas del 24 de diciembre, pero ni bien anochecía, los habitantes de los diferentes pueblos aledaños nos alistábamos para la concentración consuetudinaria en la plaza principal de Montegrande.
En Tembladera la gente se alborotaba con el llamado estridente y peculiar del ómnibus amplio de don Moncada que nos transportaba al caserío anfitrión.
En casa, mamá emocionada y ansiosa por emprender el viaje, a veces renegaba porque al momento de vestirnos desaparecía – como por arte de magia – una media, una correa, un zapato, alguna prenda interior… entonces nosotros impulsados por sus gritos y por el llamado del ómnibus vocinglero revolvíamos nuestras escasas pertenencias hasta encontrar la prenda extraviada.
En esa fiesta – Navidad – de trascendencia mundial, recuerdo a la plaza de armas de Montegrande amplia, polvorienta, sin árboles ni flores. Su perímetro y diagonales encementados. Era el lugar más iluminado del caserío, a pesar de que éste carecía del servicio de luz eléctrica. Motores, lámparas a gasolina o a querosene irradiaban el mágico escenario navideño.
La gente disfrutaba de las celebraciones aglomerada alrededor de la retreta, girando en grupos por el contorno de la plaza, bebiendo o escuchando música de rocolas instaladas alrededor de casi todos los quioscos que rodeaban la plaza y fungían de bares y restaurantes. Chismeando desde puntos estratégicos todos los pormenores de la fiesta, divirtiéndose en juegos como tirando pelotas hechas de medias para tumbar tarros vacíos, tratando de meter aros en botellas de licores y gaseosas, en tarros de conservas, en cajetillas de cigarros; disparando plumillas con escopetas de miras estropeadas o comprando rifas amañadas para obtener “premios sorpresas”.
Música, luces, alegría de la gente enfrascada en armoniosa conversación, hombres ingiriendo bebidas alcohólicas. El zapateo de nuestros mayores al ritmo de fogosas marineras norteñas, interpretadas por músicos barrigones traídos de San Pedro de Lloc que comían suculentas viandas y bebían chicha de jora en exceso.
Amor, sonrisas y jolgorio eran los principales ingredientes de aquellas inolvidables navidades que disfruté en mi niñez, adolescencia y los primeros años de mi juventud.
Los jóvenes no cesábamos de perseguir a lindas “chinas”. Quedábamos embelesados de sus tiernas miradas y de sus sonrisas coquetas, así pasaban las horas fugaces hasta llegar la media noche en que quemaban vistosos fuegos artificiales, al compás de clásicas marineras.
Entonces la multitud se detenía alrededor de los castillos formando con sus cuerpos un cerco amplio para observar con curiosidad infantil cómo la pólvora – dirigida por el ingenio del hombre – irradiaba vistosas luces multicolores, hacía piruetas, reventaba, silbaba, ponía en movimiento a círculos de fuego y, finalmente, impulsaba a la “palomita” que, cual platillo volador, se perdía en el cielo entre humo y los últimos estertores luminosos de los gigantescos castillos que morían de pie como los árboles.
Y, de un momento a otro, aparecía la vaca loca echando chispas, reventando cohetes y arremetiendo contra la gente que, en un santiamén, rompía el perímetro humano para guarecerse en un lugar seguro.
Luego de la magia de los juegos artificiales, en casi todas las navidades, a esa hora, empezaba a llover y me daba la sensación de que Dios lloraba por los niños sin juguetes y por los hogares pobres sin té ni pan.
En esos momentos gran parte de los asistentes – especialmente los adultos y niños – se retiraban a sus hogares, mientras que la mayoría de jóvenes se abarrotaban en el mercado del pueblo – convertido, en esa ocasión, en un salón de baile ubicado frente a la plaza de armas- donde amanecían bailando y bebiendo al ritmo de orquestas afamadas como los Pakines, Fredy Roland, Los Destellos y otras agrupaciones musicales.
El 25 de Diciembre era de Tembladera. Por sus calles, desde tempranas horas, grupos de bellas pastoras ataviadas como campesinas cajamarquinas bailaban y entonaban villancicos cuya música y ritmo del festivo folklore departamental y su letra creada por la vena poética del pueblo constituían un excelente aperitivo de tan importante fiesta.
En su amplio recorrido se detenían frente a las casas de ciudadanos respetables para cantarles loas y recibir de éstos refrescos, chicha de jora o pequeños aportes económicos para los festejos del próximo año.
Tenían como acompañante inseparable a un inquieto personaje que ocultaba su identidad tras una máscara diabólica, cabalgaba en un palo de escoba y  utilizaba un chicote largo con el que espantaba a la multitud que seguía a las pastorcitas hasta los principales nacimientos de la ciudad, donde adoraban al niño Jesús y, posteriormente, concursaban para que un jurado exigente elija, entre ellas,  a la mejor banda pastoril.
Participaban varias bandas pastoriles entre las que destacaron por muchos años las pastoras de doña Fauriciana, de las Ñascos, de doña Rosa Loje, de don Guillermo, entre otras.
En la noche muchas familias concurrían a la iglesia para oír misa, luego se reunían en sus hogares “porque la navidad es de los niños”, aunque daba la impresión que era de los mayores porque en diferentes puntos del pueblo resonaban las jaranas y abundaban borrachos que incluso protagonizaban riñas y escándalos en ese día signado, paradójicamente, como una fecha de paz y amor.
En el 6 de Enero los festejos mayores se llevaban a cabo en Chungal, caserío ubicado a corta distancia de Tembladera. Allí se escenificaba con gran realismo la llegada de los suntuosos Reyes Magos a Jerusalén para anunciar el nacimiento del niño Jesús.
Evoco claramente que, en mi niñez, vi a mi extinto tío Gonzalo actuar como rey Herodes – vestido a lo romano con capa roja que le llegaba hasta los tobillos y con una corona dorada reluciente que había transformado su rostro.
Colérico, arrogante, autoritario – encarnando magistralmente a su personaje – restregó en el suelo su espada de acero que despedía chispas y gritó: “Busquen al niño Jesús y mátenlo, porque no hay más rey que Herodes sobre la tierra!” Actuaba en plena calle y con su filosa espada mantenía en raya a la multitud que aturdida le observaba.
En otro escenario los tres Reyes Magos montados en briosos caballos, enjaezados a la usanza de aquellos tiempos bíblicos, buscaban el pesebre del niño Jesús para adorarlo. Una multitud los seguía enfervorizada.
Como parte de la festividad del 6 de Enero, actuaba además “El Chacha” – llamado también “Loco Sixto” –, personaje pintoresco que aparecía al atardecer entre los cerros aledaños al poblado, montado en su burro alto y chiflado como él.
Vestía ropa vieja, calzaba botas de jebe y portaba un fusil de madera a la bandolera que le daba un aire de guerrero ido. Con el “arma” correteaba a la tropa de niños que le tiraban piedras o jalaban el pelo de su pollino. Llevaba sombrero de campesino debajo del cual destacaba su rostro embadurnado de betún negro en el que resaltaban sus ojos dementes y su boca azambada de blanca y amplia sonrisa.
“El Chacha”, era muy ocurrente e ingenioso. Recurría incluso a las bromas groseras con tal de hacer reír a la multitud que le observaba con una mezcla rara de curiosidad, cariño y repulsa.
Sobre el apero de su acémila cruzaba una enorme alforja repleta de “mercancías” y ni bien llegaba a la plaza ofertaba a viva voz boñigas de burro y vaca como si fueran “bizcochos”, lagartijas e iguanas como “pescado para el cebiche”, astillas de sauce como “canela fina”, arena como “azuquitar pal café”, tierra fina y colorada como “cocoa Winter contra la impotencia”…
Una vez quiso rematar una culebra de cerro como si fuese “látigo para corregir a los niños malcriados” y ni bien dijo esas palabras, agitando en el aire el largo y delgado reptil, hubo un desbande masivo de chiquillos.
Luego de permanecer algunas horas en la plaza, se apartaba de la gente a grandes trancos para correr y montar – al vuelo – a “Mocho” su burro blanco, fuerte, erguido y con una sola oreja en movimiento constante porque la otra la había perdido en una pelea de “faldas”, según explicaba su amo.
La gente le perseguía para reír con sus chistes y de los apodos que repartía a diestra y siniestra muchos de los cuales se pegaban en sus seguidores como sellos indelebles hasta su muerte.
“El Chacha” no respetaba ni a los Reyes Magos cuando se le prendía la certera chispa humorística.
De rato en rato se apeaba del asno con movimientos simiescos para corretear a sus seguidores con su fusil o “tomar fotografías” a las parejas de enamorados dirigiendo la parte trasera de su burro hacia ellas y levantando la cola del animal como si fuera cámara fotográfica, causando gracia en el público que reía  a mandíbula batiente con las ocurrencias de tan extravagante personaje. Cuando moría la tarde, “El Chacha” se perdía entre los cerros, galopando sobre el “Mocho” y los niños sentíamos una desazón porque no lo volveríamos a ver hasta el próximo año.
Chachaaaaaaaaaaaaaaaaaaa,Chachaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, Chachaaaaaaa, le llamábamos los niños para que regrese. Él regresó todos los 6 de Enero de cada año para condimentar la fiesta de los Reyes Magos, hasta que Chungal sucumbió con la represa Gallito Ciego.
Aquel viaje a mi tierra natal me llenó de nostalgia, por los amigos y los pueblos desaparecidos.
Pero también me trasmitió gran esperanza al ver surgir nuevas generaciones de profesionales y al comprobar que las canteras de piedra caliza de Tembladera aún se conservan incólumes y robustas pese a los arañones que les ha significado más de medio siglo de explotación. Además gran parte del patrimonio arqueológico que hemos heredado de nuestros ancestros aún se puede reconstruir.
Esas riquezas,  junto a la impresionante represa del Gallito Ciego, constituyen un gran potencial que los tembladerinos debemos explotar para labrar el progreso de nuestro amado pueblo.
(Publicado en la revista limeña “IMPACTO”, edición Mayo 1993)

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