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lunes, 9 de mayo de 2022

Chicha de jora la bebida ancestral de los incas

 

Apreciamos a la hermosa actriz Yaritna García, quien interpretó a la Coya (esposa del Inca) en el año 2012, quien vierte la bebida sagrada lista para ser ofrecida en honor al Sol.

En quechua es llamada Aqha y es considerada una bebida sagrada para los Incas. La Chicha de Jora ha trascendido con el pasar de los años para convertirse, además, en un ingrediente crucial en la escena culinaria peruana.

Para hablar de la Chicha de Jora hay que retroceder aproximadamente tres mil años, periodo en el cual se habría iniciado su consumo ancestral.

Existe una leyenda posterior que dice que, entre los años 1456 y 1461, cuando el Imperio Incaico estaba bajo el dominio del Inca Túpac Yupanqui, una temporada de intensos aguaceros golpeó duramente las tierras, dejando en ruinas las viviendas y estropeando una considerable cantidad de alimentos.

Entre ellos, figuraba el maíz. La lluvia habría inundado los silos en los que este era guardado, de modo que la cosecha quedó arruinada por completo. Debido a este hecho, los granos no tardaron en fermentarse y dar como resultado la malta de maíz. Su olor era intenso y poco agradable por lo que se pensó en desecharla.

Sin embargo, cuentan que un indígena, desesperado por la sed, probó aquel jugo de maíz. No solo quedó saciado, sino ligeramente embriagado. Así fue como se difundió el poder de la Chicha de Jora.

El rumor llegó rápidamente a los oídos del Inca y a las élites que lo acompañaban. La preparación de la Chicha de Jora se perfeccionó y se convirtió en el néctar favorito de la nobleza, así como una bebida de uso religioso.

Una muestra de ello es su papel en la celebración del Inti Raymi, la fiesta más grande del Cusco. Allí, la Chicha de Jora era consumida por el Inca después de hacer la reverencia al Dios Inti (el dios Sol).

En la época Inca, la Chicha de Jora era preparada por las acllas (Vírgenes del Sol) muchos días antes del Inti Raymi (24 de junio), una de las festividades religiosas más importantes del mundo andino-amazónico, cuya bebida sagrada era ofrecida por el Inca en el culto al Sol.

Esta bebida también tuvo una connotación histórica durante el periodo de la Conquista. Cuenta la historia que Atahualpa, considerado el último Inca, ofreció al sacerdote español Vicente de Valverde un vaso de oro que contenía la malta de maíz. Al percatarse de su olor, el europeo rechazó este ofrecimiento pensando que había interés de envenenarlo.

La Chicha de Jora todavía tiene un carácter religioso para algunas comunidades andinas. Con ella, los pobladores rinden tributo a los Apus (las montañas sagradas) y a la Pachamama (la madre Tierra) para agradecerles por las bondades otorgadas a su pueblo.

En la gastronomía peruana, un chorrito de Chicha de Jora le da el toque de sabor al adobo arequipeño, al seco de cordero, entre otros muchos platos.

En general, la Chicha de Jora es una de las bebidas más populares del Perú.

NOTA: En el norte del Perú por las zonas de Tumbes, Piura, Trujillo, Chiclayo se consumía y se consume hasta hoy la chicha de maíz que es muy diferente a la chicha de jora.

sábado, 28 de octubre de 2017

9 de octubre: El Día de la Dignidad Nacional

“Es posible que esta inabdicable decisión de independencia nos obligue a enfrentar dificultades y riesgos que de otro  modo podrían no existir”
(Juan Velasco Alvarado. Mensaje a la nación, 28 de julio de 1970)
Escribe: Juan Archi Orihuela.
 El 3 de octubre de 1968 las Fuerzas Armadas dieron un nuevo golpe de Estado, hecho tan constante en la historia del Perú republicano. La gran mayoría del país, que a lo largo del siglo XX fue testigo de una serie de dictaduras militares que datan desde los inicios de la república, no se inmutó ante tal hecho; más aún la idea de que la democracia representativa se vea vulnerada una vez más no era una cuestión primordial en la agenda política del movimiento popular porque, ya sea en democracia así como en dictadura, las condiciones materiales de existencia para las grandes mayorías se mantenían y se legitimaban por la reproducción de las relaciones serviles que emanaba de la hacienda.
Por ello el derrotero político por el que venían transitando las luchas populares apuntaba a otras formas de poder y de organización, a saber, el movimiento obrero (incipiente a principios del Siglo XX) las tomas de tierras por el movimiento campesino (focalizadas en espacios regionales y de clara confrontación contra el poder gamonal) y la insurgencia armada de las guerrillas, animada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).     
Pero el día 9 de octubre el nuevo régimen militar que se autoproclamó revolucionario dio muestras de que la dictadura militar instaurada hace unos pocos días no era más de lo mismo. La medida política adoptada fue la expropiación de la IPC (International Petroleum Company) que venía explotando el petróleo de los yacimientos de “La Brea y Pariñas” (Piura), sin título legal alguno y ejerciendo un monopolio en desmedro de los intereses de la nación. Tal día, 9 de octubre, fue declarado como el Día de la Dignidad Nacional, porque el Perú no sólo recuperaba sus recursos controlados por el imperialismo norteamericano, sino que orientaba una política contra aquella dependencia económica que impide un desarrollo, no sólo económico, sino también cultural del país en su conjunto. El filósofo peruano Augusto Salazar Bondy llamó a tal situación y condición socio-cultural del país como el problema de la reproducción de una cultura de dominación que impide la constitución de la nación.
Por eso la reproducción ideológica del nuevo gobierno de las Fuerzas Armadas acentuó el nacionalismo en función de un proyecto de país, signado y orientado en el conocido Plan Inca.
La dignidad nacional que el Perú le arrancó a su historia republicana pre-velasquista no sólo se focalizó en la recuperación del petróleo para los intereses de la nación, sino que también marcó una política internacional en el continente, a saber, la lucha por la autonomía nacional de los Estados dependientes económicamente del imperialismo norteamericano.
Durante la década del 70 en Latinoamérica, gobiernos como el de Panamá (con Torrijos), Bolivia (con el Gral. Torres) y del Ecuador (con el Gral. Rodríguez Lara) anunciaban un rumbo de gobiernos nacionalistas en el continente.
A corto plazo el Perú animó el Pacto Andino en el continente, así como participó en el eje de los Países No-Alineados para generar un bloque de poder continental. Además el día de la  dignidad nacional, en el plano económico, implicaba encarar a corto plazo el necesario problema de la soberanía nacional. Por eso el Perú durante el Gobierno del Gral. Juan Velasco Alvarado contó con una poderosa Fuerza Armada moderna, nunca antes vista en su historia republicana, que le permitió alcanzar el liderazgo del poder militar disuasivo en el continente latinoamericano.
Sin embargo tal derrotero nacionalista entró en contradicciones en cuanto a su estructura de poder, no sólo en lo ideológico, sino en la correlación de fuerzas que ejercen las clases sociales en su estructura material. En su momento tal problema fue observado por el  historiador Pablo Macera, quien en 1972 anotó lo siguiente: 
“El Ejército Peruano ha olvidado que el apetito se despierta comiendo, y lo quiera o no está contrayendo un compromiso muy profundo con las masas populares ¿Cuándo y cómo podrá cumplirlo? ¿Qué ocurrirá si no lo hace?”
Ese compromiso profundo es la democratización de la sociedad en su conjunto que se impulsó con la medida más democrática del régimen, a saber, la Reforma Agraria (24 de junio de 1969). Por eso no es casual que tal hecho histórico sea motejado (no sólo por sus consecuencias, sino por el hecho mismo) por quienes han venido contraponiendo ideológicamente un discurso liberal de derecha al nacionalismo reformista de las Fuerzas Armadas.
Para ellos la crítica al autoritarismo del militarismo velasquista no apunta a los temas de fondo sino a las cuestiones de forma, a saber, la institucionalidad democrática. El contenido de esa institucionalidad democrática implicó en la práctica, del ejercicio del poder Estatal, que la democracia representativa consienta las relaciones de esclavitud durante el siglo XIX y defienda y reproduzca el servilismo y la semi-feudalidad del poder de las haciendas durante el siglo XX.
Más aún aquel régimen militar reformista fue visto por quienes perdieron privilegios de clase y de poder económico como una prolongación de sus miedos. Tal paroxismo a la larga hizo que se olvide el 9 de octubre como el Día de la Dignidad Nacional.
Históricamente el 9 de octubre no debe quedar en el olvido. Es necesario recordar que el Perú alcanzó, transitoriamente, su dignidad como nación. Esa “promesa de la vida peruana” de la que siempre se hacen exégesis retóricas para la plaza y el salón, tiene sentido si se toma en cuenta la dignidad, la dignidad nacional que permite el poder, y que radica en el poder político para dirigir un país como una nación: La defensa de los intereses nacionales.
Actualmente el Perú transita por el derrotero instaurado por el neoliberalismo en el que los intereses nacionales se supeditan a los intereses privados de las transnacionales. La recuperación de esa dignidad debe estar en la agenda del movimiento popular, ya que la dignidad nacional es el sustento moral de las grandes mayorías que aún anhelan un nuevo país en el que la democracia no sea sólo un significante, sino una acción práctica, a saber, la conquista de la justicia social y de la dignidad nacional.  (lomaterialyloideal@hotmail.com)