Por: Rafael Inocente (novelista)
Alguien
mencionó alguna vez que Arequipa había producido lo peor y lo mejor del
Perú. Mencionaba ese alguien a Vladimiro Montesinos, Abimael Guzmán,
Héctor Cornejo Chávez, Hernando de Soto y Mario Vargas Llosa, como
ejemplos palmarios de su afirmación extremista. En 1996 Montesinos ya se
había hecho del poder en complicidad con los militares y Kenya
Fujimori. Abimael Guzmán, encerrado en las mazmorras de la Base Naval,
se descamaba lentamente, y don Mario, huido a Europa, publicaba a sus 59
años —la misma edad que tenía Arguedas cuando se disparó un tiro en la
Agraria— el libro que yo devoraba vorazmente. Una legislación
antiterrorista, violatoria de todas las garantías del debido proceso,
permanecía incólume, mientras los jueces sin rostro encerraban a miles
de inocentes a través de una maquinaria atroz que concedía facultades
extraordinarias a la policía en la fase de investigación y se juzgaba a
civiles en cortes militares, con la más absoluta impunidad. Más de
veinte mil peruanos de a pie, culpables e inocentes, sufrían cruel
carcelería y sus derechos básicos eran vulnerados hasta la náusea por
las condiciones de las mazmorras fujimontesinistas.
En este
contexto leí ese híbrido llamado La Utopía Arcaica. ¿A qué se refiere el
título del libro? ¿En qué consiste una utopía arcaica? Elaborada
mediante el cruce de tres temas capitales —la vida de José María
Arguedas, el análisis de su obra literaria y la historia del indigenismo
peruano—, el libro es un alegato contra la vida y obra de José María
Arguedas, partiendo de la premisa de que literatura y biografía son
partes indisociables de un todo. A lo largo de sus páginas se respira un
ambiente de degradación, bronca y encono. Según Vargas Llosa en la obra
literaria de Arguedas existiría un anhelo de reivindicación
prehispánica, proyecto irreal, que consistiría en el restablecimiento de
un Perú antiguo, arcaico, colectivista, tradicional, rural y
mágico-religioso. El gran tema es el mundo andino, que por sus
características geográficas y culturales representaría una forma más
profunda y auténtica de humanidad que los desiertos y valles costeros.
El Perú aparece como una sociedad fragmentada, enfrentada, injusta,
pícara pero sumisa, un rompecabezas mal hecho y estropeado. Ahora como
en aquél 1996 me cuesta mucho comprender cómo una sociedad así, pueda
seguir sobreviviendo. Quizá la violencia interna que vivimos en los
últimos años sea un indicador de que tales contraposiciones sociales y
culturales desembocan en graves conflictos, cuando no en sangrientas
guerras fratricidas. Así, según Vargas Llosa, en la obra de Arguedas se
vería expresada una fantasía histórica, según la cual el pueblo indígena
creó en los Andes una civilización moralmente superior a la que
trajeron los europeos y que sobreviviría en los indígenas de hoy.
Siguiendo su razonamiento, la obra de Arguedas sería parte de una
tendencia reaccionaria dentro de la corriente indigenista, con contenido
notoriamente racista, parte de una “superchería audaz” del autor de
inventarse una sierra y un Perú a la medida de sus fantasías.
Esto
es, letras más, letras menos, lo que nos plantea Vargas Llosa frente al
desgarrador panorama peruano. En el epílogo de su novela póstuma El
Zorro de arriba y el Zorro de abajo, Arguedas inserta un texto titulado
“No soy un aculturado”. Aquí expone su ideal de un Perú moderno y
multicultural con matriz andina, muy lejos de una utopía indigenista
reaccionaria como la ha presentado Vargas Llosa, premio Rockfeller 1988.
En el planteamiento de Arguedas se hace presente la tensión entre el
ideal de la modernidad por un lado, y el ideal de la diversidad
cultural, por otro. Al leer las obras de Arguedas, sus artículos
periodísticos, sus ensayos y cartas, vemos que lo que plantea el
andahuaylino es una síntesis entre ambos proyectos opuestos. Para Vargas
Llosa, por el contrario, modernizarse es abolir lo mágico y renunciar a
las creencias y costumbres tradicionales. El camino a la modernidad,
según las fanáticas posiciones ultraderechistas del arequipeño admirador
de Margaret Tatcher, llegará a través del libre mercado, las elecciones
libres y la alternancia de poderes.
Por eso no me ha asombrado la
tosquedad ideológica del discurso Nobel de Mario Vargas Llosa ni el
hipócrita besito en la mejilla a un Alan García que antes despreciaba,
al mejor estilo de la Camorra napolitana. Su grosero llamado a la
defensa de la democracia liberal, el pluralismo político, la tolerancia,
los derechos humanos, las elecciones libres y toda esa monserga liberal
que le ha convertido en portavoz de los malcriados del mundo. Para don
Mario el asunto es de una claridad meridiana: modernidad o atraso, libre
mercado o estado. Lo que olvida convenientemente el novelista
arequipeño es que tal dicotomía en épocas de globoidiotización es falaz:
el mercado compra estados, los corrompe, los coopta, los prostituye. El
estado, una figura tradicionalmente irrelevante en las sociedades
sudamericanas, ha sido absolutamente incapaz de cumplir con su principal
función contemporánea, a saber, dotar de bienestar a los grupos
desposeídos, pero sí ha servido para monopolizar el uso de la violencia y
cobrar los impuestos. El mercado en un modelo económico excluyente e
injusto como el que defiende Vargas con sus veinte uñas usurpa las
funciones del estado para beneficio de las multinacionales, aquellas que
portarían los estandartes del progreso y la modernidad, mitos caros de
Varguitas, tan mortales como el nacionalismo que dice detestar con
fervor anarquista.
Una tremenda ficción ha traficado Vargas Llosa
en su discurso, ¡qué extraordinario privilegio el de un país que no
tiene identidad porque las tiene todas!, en medio de la algarabía de una
Lima tan colonial como hace cuatrocientos años. Aclamado por la
intelectualidad criollo-parasitaria y por el populacho feroz, aplaudido a
rabiar por esa partida de huevones que son sus herederos literarios
nativos, la palabra de don Mario es ley. Osar contradecir las ideas que
ha soltado desde su particular Olimpo sueco, significa ganarse la
condena a muerte en este mezquino y argollero mundo literario. Pero como
lo que menos me interesa es convertirme en un escritor profesional
—aquél tipo que diariamente se sienta frente a su escritorio y escribe
novelas como quien va a la oficina— cojo la flor lanzada por don Mario y
se lo espeto: no sea usted tan memo, señordón, menos aún cite a Borges
para refrendar la falacia que pretende comerciar bajo el manto de un
pretendido pluralismo. Ni en Argentina, un país cuyas tres cuartas
partes de habitantes descienden directamente del hambre de Europa (o de
los barcos como prefería decirlo Borges con filosa ironía), permitirían
esa infeliz provocación al más majadero de sus escritores. Pretender que
el Perú —un país fragmentado en donde domina una élite corrupta
descendiente de encomenderos, un país cuyo componente poblacional
indígena es tan sólo comparable al de Guatemala o Bolivia— no tiene
identidad porque las tiene todas, es como querer tapar el sol con un
dedo y negarse a ver lo evidente: tras quinientos años de invasión
europea, evangelización, masacres y leyes ilegítimas, la sangre y la
cultura indígenas están todavía vivas y resisten activamente a ruines,
ladrones, asesinos y escritores profesionales. Pretender que en estas
tierras en donde germinó y se desarrolló uno de los grandes focos
culturales de la humanidad entera, merced a un solo tronco étnico, no
hay identidad porque hay muchas, es como soltar la especie de que en
Egipto no hay identidad porque un grupúsculo de alemanes e ingleses se
asentó en tierras del Nilo. ¿O es que acaso nos tragamos el sapo de que
por un puñadito de italianos, chinos o negros que los poderosos
importaron para labores subalternas, tenemos la identidad de aquellos
pueblos? La matriz cultural del país, la que nos otorga potencia y
flexibilidad, aquí en la China o en la Cochinchina es la Andina, sin
caer en chauvinismos ni en localismos excluyentes.
Como si esto
fuera poco, don Mario se ha atrevido a arrogarse para sí y para los de
su etnoclase el papel emancipador del indígena. Enorgullecido del arrojo
de los tatarabuelos peninsulares que vinieron a invadir, violar y robar
a estas tierras, ha tenido el descaro de eximir de su responsabilidad
histórica a la Metrópoli en el saqueo y expoliación de las riquezas de
Abya-Yala, las que sirvieron para edificar la prosperidad europea.
Pareciera que el exilio, que más bien debería ser una prueba de fuego de
toda identidad, a Vargas Llosa sólo le ha exacerbado el apego
endogámico al clan materno. Si nos atenemos a quienes si han sufrido un
verdadero exilio, éste no da, en rigor, ninguna identidad. Por el
contrario, supone un desafío. Pone a prueba la identidad que uno trae.
La cháchara de Vargas Llosa, los lugares comunes que ha repetido en su
imprudente discurso, el insulto callejonero a pueblos sudamericanos
(Cuba, Venezuela y Bolivia) que han elegido un camino diferente al de su
utopía fanática, la obcecada defensa del imperio y la democracia
liberal, ese “buen camino” que imponen los Bush y los bildelbergers a
sangre y fuego, resulta a estas alturas intragable y pintan al novelista
bipolar, peruano por accidente geográfico como se reputó él mismo,
arruinado moralmente desde antes de la eyección del Informe Uchuraccay:
sus ficciones son supuestamente libertarias, pero en la realidad
patrocina un sistema económico basado en la injusticia y el robo. Si
alguna vez Mario Vargas Llosa intentó explicar su itinerario
ideológico-político como un tránsito de Sartre a Camus, hoy tamaña
impertinencia cae por sí sola. Como afirma Miguel Gutiérrez, en un
espectacular salto hacia atrás Mario Vargas Llosa ha caído en el lugar
exacto dejado por Riva Agûero. Sí: la derecha peruana cuenta con MVLl
con un Riva Agûero redivivo. Y por eso hay que combatirlo.